“Quien come con cordura, por su salud procura”. Refrán popular.
De todos los hábitos y recomendaciones de salud que veremos en este libro, quizá la más importante sea la alimentación. La mayoría de nosotros hemos aprendido que lo que comemos tiene nutrientes, macronutrientes y micronutrientes. Los macronutrientes son aquellos que ingerimos en grandes cantidades: proteínas, glúcidos (hidratos de carbono) y lípidos (ácidos grasos). Los micronutrientes son aquellos que ingerimos en pequeñas cantidades: vitaminas, minerales y polifenoles.
Lo que muchos no sabemos es que la comida que comemos es mucho más que los macronutrientes y los micronutrientes. La comida que comemos está repleta de información que es mucho más importante que los nutrientes que nos aporta. Esta información que contiene consiste en micro cadenas de ARN (ácido ribonucleico). Es material genético que no codifica proteínas y que se conoce como la materia oscura de la genética. Hasta hace muy poco se pensaba que estas microcadenas de ARN eran irrelevantes, inservibles (lo que suele pasar cuando no entendemos algo), pero ahora sabemos que desempeñan un papel enormemente importante en nuestra salud, que es lo que nos ocupa en este libro. Resulta que estas mARN son la manera en la que se comunican las distintas especies dentro de un ecosistema. Las plantas se comunican con los animales y les preparan y/o previenen sobre situaciones ambientales estresantes, como una sequía. Estas mARN modifican en tiempo real la genética de las bacterias que están en nuestro aparato digestivo (microbiota) que a su vez se comunican con nuestras células. También penetran en las células y son responsables de modificar la expresión genética de nuestros genes, “encendiéndolos” o “apagándolos”, al tiempo que influyen en la salud de nuestras mitocondrias (pequeñas plantas de producción de energía en cada célula). Esta información genética hace que “mutemos” en tiempo real y que por tanto estemos sanos o que desarrollemos enfermedades crónicas, en su ausencia o por la presencia de mARN genéticamente modificado.
Pues bien, en cuestiones de alimentación hay algunos principios fundamentales a tener en cuenta:
Los alimentos deben ser lo más variados posible. Eso significa que, si vamos a comer crucíferas, deberíamos comer algo más que brécol. Así podemos variar incluyendo coliflor, coles de Bruselas, repollo liso o rizado, lombarda, bimi, kale, rúcula, rábano, nabo y mostaza, entre otras. De este modo nos aseguramos que la información y los nutrientes que llegan a nuestra flora intestinal son diversos y contribuyen a mantener la diversidad y equilibrio del bioma, garantía de salud.
Los alimentos deben ser de temporada. Es importante comer aquellos alimentos que nuestro cuerpo espera que comamos en la época que corresponde, como hicieron nuestros antepasados durante miles de años. Nuestra flora intestinal espera esta información para poder funcionar adecuadamente.
Los alimentos mejor de proximidad. Esto nos garantiza que han madurado en el árbol, la mata, etc. asegurándonos que, han tenido tiempo de producir fitoquímicos que en nuestro cuerpo actúan como medicamentos. Y también nos garantizará que son de temporada. También conseguimos que sobrevivan los productores locales y evitamos alimentar el monstruo de la alimentación industrial.
Los alimentos siempre enteros. O, dicho de otro modo, no compres nada que tu bisabuela no hubiera reconocido como comida. Si compramos verduras, tal cual se recolectan; si compramos animales, mejor enteros (el pollo entero, el pescado entero o preparado delante de nosotros). De esta manera evitamos los alimentos procesados. Todo lo que está esterilizado, pasteurizado, precocinado, preservado y saborizado carece de la información que necesita nuestro cuerpo y lo sobrecargará con químicos que nuestro cuerpo no reconoce y que lo acabarán enfermando.
Los alimentos mejor ecológicos. Es verdad que hoy en día es imposible evitar pesticidas en nuestra alimentación, todas las verduras de cultivo ecológico los contienen, pero casi siempre en menor cantidad. También está demostrado que tienen hasta un 30% más micronutrientes y polifenoles. Si los alimentos son de origen animal es mejor que sean alimentados con pasto, no con cereales (maíz) especialmente si estos son transgénicos. Pero no debemos olvidar que una ternera ecológica puede no haber comida nunca hierva, que es lo que debería comer un hervívoro.
Con la obligatoriedad del uso de las mascarillas en lugares públicos impuesta por el ministerio de sanidad a partir del 21 de mayo de 2020, creo que es importante que seamos conscientes de los riesgos de su uso y que alertemos a aquellas personas que pueden ser más vulnerables o presentar mayor riesgo. También es clave que a la hora de tomar una decisión lo hagamos con el mayor rigor científico.
Con ese fin os hago llegar la traducción del artículo del doctor Rusell Blaylock.
El Dr. Russell Blaylock, autor del newsletter “The Blaylock Wellness Report”, es un neurocirujano con amplio reconocimiento a nivel nacional, sanitario, autor y conferenciante. Se graduó de la Louisian State University School of Medicine y completó su residencia en la especialidad de neurología en la Medical University of South Carolina. Durante 26 años practicó la neurocirugía además de tener una consulta de nutrición. Recientemente se ha retirado de la neurocirugía para dedicarse a tiempo completo a la investigación nutricional. El doctor Balylock es autor de cuatro libros, Excitotoxins: The Taste That Kills, Health and Nutrition Secrets That Can Save Your Life, Natural Strategies for Cancer Patients, y su trabajo más reciente, Cellular and Molecular Biology of Autism Spectrum Disorders.
Con el advenimiento de la llamada pandemia del COVID-19 hemos visto un número de prácticas médicas que tienen poco o nada de respaldo científico en lo que a reducir la difusión de la infección respecta. Una de estas medidas es la de utilizar mascarillas faciales, sean del tipo quirúrgico, higiénicas o N95 (ffp2). Cuando esta pandemia comenzó y sabíamos poco del virus o de su comportamiento epidemiológico, se dio por hecho que se comportaría, en lo que a su diseminación por comunidades respecta, como otros virus respiratorios. No se han presentado evidencias después de un estudio intenso del virus y su comportamiento, como para que cambie esta percepción.
Es un virus ciertamente inusual en tanto en cuanto que, para la mayoría de las personas infectadas por virus, no se experimentan síntomas de enfermedad (asintomáticos) o estos son leves. Solo un número reducido de personas corren el riesgo potencial de sufrir un desenlace más serio a causa de la infección, principalmente aquellos que sufren patologías previas, serias al tiempo que presentan una edad avanzada y cierta fragilidad, aquellos que presentan inmunodeficiencias, así como pacientes de residencias de ancianos en la recta final de sus vidas. Cada vez hay más evidencias que los protocolos de tratamiento entregados a los médicos desde el CDC (Centro para el Control y Prevención de las Enfermedades), fundamentalmente intubación y uso de respirador, puede haber contribuido sustancialmente a la elevada tasa de mortalidad en estos grupos de individuos.
En lo que respecta al apoyo científico al uso de mascarilla, un examen reciente de la literatura, en el que se revisaron 17 de los mejores estudios, concluyó que, “Ninguno de los estudios estableció una relación concluyente entre el uso de mascarilla/respirador y la protección contra la infección de influenza.”[i] Tengamos en cuenta que no se han hecho estudios que demuestren que las mascarillas quirúrgicas o N95 tengan ningún efecto en la transmisión del virus del COVI-19. Por tanto, cualquier recomendación, tiene que estar basada en los estudios de la transmisión del virus de la influenza (gripe). Y, tal como hemos visto, no existe evidencia concluyente de la eficacia de las mascarillas a la hora de controlar el contagio del virus.
También es instructivo saber que, hasta hace poco, el CDC no recomendaba el uso de las mascarillas faciales o cualquier otro medio de protección facial, a no ser que la persona se supiera infectada. Las personas no infectadas no necesitan utilizar mascarilla. Cuando una persona tiene tuberculosis, le hacemos utilizar una mascarilla, pero no al resto de la comunidad no infectada. Las recomendaciones del CDC y la OMS no están basadas en ningún estudio de este virus y nunca han sido utilizadas previamente para contener ninguna otra pandemia o epidemia vírica a lo largo de la historia.
Ahora que hemos dejado claro que no hay ninguna evidencia científica de la necesidad del uso de mascarillas para prevenir el contagio, ¿existe algún riesgo debido al uso de las mascarillas, especialmente durante tiempos prolongados? De hecho, varios estudios han encontrado problemas significativos derivados del uso de las mascarillas. Estos pueden ir desde las cefaleas, la dificultad respiratoria, la acumulación de dióxido de carbono, la hipoxia, hasta otras complicaciones más serias para la salud.
Hay una diferencia entre la mascarilla N95 (ffp2) y la mascarilla quirúrgica (mascarilla de tela) en cuestión de efectos secundarios. La mascarilla N95, que filtra el 95% de las partículas con un diámetro medio superior a 0,3 µm2, puesto que reduce el intercambio respiratorio en mayor medida que una mascarilla quirúrgica, suele asociarse con mayor frecuencia al padecimiento de cefaleas. En uno de estos estudios, los investigadores encuestaron a 212 sanitarios (47 hombres y 165 mujeres) preguntándoles a cerca de la presencia de cefaleas con el uso de las mascarillas N95, la duración de las mismas, el tipo de cefaleas y si la persona ya las padecía previamente.[ii]
Descubrieron que aproximadamente un tercio de los trabajadores desarrollaron cefaleas con el uso de las mascarillas, la mayoría tenían cefaleas previas que se agravaron con el uso de las mascarillas, y el 60% requirió el uso de analgésicos. En lo que a la causa de las cefaleas respecta, aunque la presión de las mismas y las fijaciones, podrían ser causativas, el grueso de la evidencia apunta a la hipoxia y/o la hipercapnia como causas. Es decir, una reducción de la oxigenación de la sangre (hipoxia) o una elevación del CO2 (hipercapnia). Es bien sabido que, si se utilizan las mascarillas N95 durante horas, pueden reducir la oxigenación hasta un 20%, que puede derivar en una pérdida de la consciencia, como le ocurrió al caballero que iba conduciendo solo en su vehículo con una mascarilla N95, que le hizo desmallarse, estrellar el vehículo y padecer lesiones debidas al siniestro. Estoy convencido que tenemos varios casos de ancianos o personas con una función pulmonar débil que se desmallan y se golpean la cabeza. Esto, por supuesto, puede devenir en fallecimiento.
Un estudio más reciente con una muestra de 159 sanitarios con edades comprendidas entre los 21 y los 35 años, descubrió que el 81% desarrollaban cefaleas como consecuencia del uso de las mascarillas.[iii] Algunos tenían predisposición, que era exacerbada por las mascarillas. Todos expresaron que las cefaleas afectaban a su desempeño en el trabajo.
Desafortunadamente nadie está hablando de los peligros del uso de las mascarillas de cualquier tipo, que pueden ocasionar un agravamiento severo de la función pulmonar, a aquellos con enfermedades pulmonares tales como EPOC, enfisema, o fibrosis pulmonar. Esto también incluye pacientes de cáncer pulmonar y personas que hayan tenido cirugía pulmonar, especialmente con extirpación parcial o total en un pulmón.
Si bien la mayoría está de acuerdo en que la mascarilla N95 puede causar hipoxia o hipercapnia significativas, otro estudio sobre mascarillas quirúrgicas descubrió que de igual manera causan una reducción significativa del oxígeno en sangre. En este estudio, lo investigadores examinaron la saturación de oxígeno de 53 cirujanos por medio de un oxímetro. Midieron la saturación de oxígeno antes y al final de la cirugía.[iv] Los investigadores descubrieron que la mascarilla redujo considerablemente los niveles de oxígeno en sangre (paO2). Cuanto más tiempo se utilizó la mascarilla, mayor fue la caída de saturación de oxígeno en sangre.
La importancia de estos descubrimientos radica en que una caída de los niveles de oxígeno (hipoxia) está vinculada a una caída de la capacidad inmunitaria. Los estudios han mostrado que la hipoxia puede inhibir el tipo principal de células inmunitarias que luchan contra las infecciones víricas llamadas linfocitos T CD4+. Esto ocurre debido a que la hipoxia aumenta el nivel de un compuesto llamado factor 1 inducible de hipoxia (HIF-1), que inhibe los linfocitos T y estimula una célula, potente inhibidora del sistema inmunológico llamada Tregs. Esto crea el caldo de cultivo para contraer cualquier tipo de infección, incluida la COVID-19, haciendo que las consecuencias de la misma sean mucho más graves. En esencia, tu mascarilla puede perfectamente ponerte en una situación de mayor riesgo de infección y de ser así, de tener un pronóstico mucho más grave. [v], [vi], [vii]
La gente con cáncer, especialmente en los casos donde el cáncer se ha extendido, correrán más riesgo por la hipoxia prolongada ya que el cáncer prolifera mejor en un ambiente bajo en oxígeno. Una baja saturación también promueve la inflamación que a su vez puede estimular el crecimiento, la invasión y la diseminación del cáncer.[viii], [ix] Los episodios de hipoxia recurrentes han sido propuestos como factor significativo en ateroesclerosis y por tanto en una elevación de riesgo de todas las enfermedades cardiovasculares (ataque al corazón) y cerebrovasculares (ictus).[x]
Hay otro riesgo implícito en el uso diario de estas mascarillas, especialmente si se utilizan durante varias horas seguidas. Cuando una persona está contagiada de un virus respiratorio, expulsará ese virus en cada exhalación. Si está usando una mascarilla, especialmente del tipo N95 o ffp3, estará volviendo a respirar ese virus de manera continua, elevando así la concentración del virus en las fosas nasales. Es sabido que las personas que peor reaccionan a la infección de coronavirus son aquellas que tienen las concentraciones más elevadas del virus al comienzo de la infección (carga viral). Y esto desencadena la tan peligrosa tormenta de citoquinas, que acaba con la vida de algunos.
Y lo que es peor y asusta más, es que la evidencia sugiere que en algunos casos el virus puede entrar en el cerebro. [xi], [xii] En la mayoría de los casos accede al cerebro por medio de los nervios olfativos, que conectan directamente con el área del cerebro que gestiona la memoria reciente y la consolidación de los recuerdos. Por el hecho de usar mascarilla, los virus exhalados no podrán escapar y se concentrarán en las fosas nasales, entrarán en los nervios olfativos y viajarán al cerebro.[xiii]
Resulta evidente, a tenor de estos estudios, que no existe suficiente evidencia que el uso de cualquier tipo de mascarilla tenga un impacto significativo en la prevención o la diseminación de este virus. El hecho de que este virus constituya una infección relativamente benigna para la gran mayoría de la población y que la mayor parte de las personas con riesgo también sobreviven, desde el punto de vista de enfermedad infecciosa, así como epidemiológicamente, dejando que el virus se expanda entre las personas más sanas alcanzaremos el nivel de inmunidad de rebaño con relativa rapidez, resultando en un rápido final de la pandemia y la prevención de un rebrote el próximo invierno. Durante este tiempo deberíamos proteger la población de mayor riesgo evitando el contacto cercano, fortaleciendo su sistema inmunológico con sustancias que elevan la inmunidad celular y cuidando de ellos en general.
Nadie debería atacar o insultar aquellos que han escogido no utilizar una mascarilla, puesto que estos estudios sugieren que es la decisión más sabia.
[i] Bin-Reza F et al. The use of mask and respirators to prevent transmission of influenza: A systematic review of the scientific evidence. Resp Viruses 2012; 6(4):257-67.
[ii] Zhu JH et al. Effects of long-duration wearing of N95 respirator and surgical facemask: a pilot study. J Lung Pulm Resp Res 2014: 4: 97-100.
[iii] Ong JJY et al. Headaches associated with personal protective equipment – A cross-sectional study among frontline healthcare workers during COVID-19. Headache 2020; 60(5): 864-877.
[iv] Bader A et al. Preliminary report o surgical mask induced deoxygenation during major surgery. Neurocirugia 2008; 19:12-126.
[v] Shehade H et al. Cutting edge: Hypoxia-Inducible Factor-1 negatively regulates Th1 function. J Immunol 2015; 195: 1372-1376.
[vi] Westendorf AM et al. Hypoxia enhances immunosuppression by inhibiting CD4+ effector T cell function and promoting Treg activity. Cell Physiol Biochem 2017; 41: 1271-84.
[vii] Sceneay J et al. Hypoxia-driven immunosuppression contributes to the pre-metastatic niche. Oncoimmunology 2013; 2:1 e22355.
[viii] Blaylock RL. Immunoexcitatory mechanisms in glioma proliferation, invasion and occasional metastasis. Surg Neurol Inter 2013; 4:15.
[x] Savrasky V et al. Chronic intermittent hypoxia induces atherosclerosis. Am J Resp Crit Care Med 2007; 175: 1290-1297.
[xi] Baig AM et al. Evidence of the COVID-19 virus targeting the CNS: Tissue distribution, host-virus interaction, and proposed neurotropic mechanisms. ACS Chem Neurosci 2020; 11:7:995-998.
[xii] Wu Y et al. Nervous system involvement after infection with COVID-19 and other coronaviruses. Brain Behavior, and Immunity, In press.
[xiii] Perlman S et al. Spread of a neurotropic murine coronavirus into the CNS via the trigeminal and olfactory nerves. Virology 1989;170:556-560.
Últimamente viene oyéndose hablar con relativa frecuencia de los trasplantes fecales o de heces. Sí, ya sé que esto suena un poco asqueroso y que todos nos preguntamos, inmediatamente cómo se lleva a cabo y por qué querría alguien hacerse un trasplante de heces.
Como la mayoría de nosotros ya sabemos el cuerpo humano está lleno de bacterias (además de virus y hongos) que pueblan nuestra piel, nuestra boca, nuestro aparato respiratorio y nuestro intestino (especialmente el colon). Cuanto más se estudia el bioma (este conjunto de microorganismos que viven en nosotros) más se descubre la importancia que tiene, cómo nos permite digerir los alimentos y absorber los nutrientes (el 90% de ellos), cómo entrena nuestro sistema inmunológico (el 70% del mismo se encuentra a lo largo del aparato digestivo), cómo produce y estimula la producción de neurotransmisores (las proteínas responsables de la comunicación intercelular e intracelular de todo el cuerpo), cómo afecta a nuestro estado de ánimo, influye en nuestra personalidad, nuestra inteligencia, y sobre todo la expresión de nuestro propio código genético (si desarrollaremos cáncer, obesidad, Parkinson, demencia, diabetes tipo II, enfermedades autoinmunes de todo tipo y un largo etcétera).
Cuando estas bacterias (microbiota) están en desequilibrio (disbiosis) o no tenemos suficiente diversidad de las mismas, tendemos a desarrollar todo tipo de enfermedades, que en algunos casos pueden llegar a ser graves, tales como enfermedad de Crohn, colitis ulcerosa, síndrome de colon irritable, sobre crecimiento bacteriano, candidiasis, etc. Y es que para evitar todas estas enfermedades y las que se derivan de ellas, como las autoinmunes, es importante tener una flora intestinal equilibrada y diversa.
Ahora ya sabemos que para estar sanos y que nuestro sistema inmunológico no esté deprimido o sobre alterado necesitamos una biodiversidad de al menos 1000 familias (o especies) distintas de bacterias en nuestro intestino grueso que estén en equilibrio entre ellas y que puedan tener una buena comunicación electroquímica.
¿De qué depende la biodiversidad de nuestra flora intestinal?
En primer lugar depende de la herencia bacteriana que hemos recibido de nuestra madre, fundamentalmente. En el momento del parto algunas de las bacterias del intestino de la madre viajan al conducto vaginal y el bebé se impregna de ellas (piel, boca, mucosas respiratorias) si el parto no es por cesárea. En un parto natural es normal que también recoja bacterias de las heces de la madre que saldrán con el esfuerzo del parto.
Después cuando el bebé entra en contacto con la piel de la madre al darle el pecho, recogerá la “huella” bacteriana de la madre que tiene en su piel. Aquí también puede recoger la “huella” bacteriana del padre si entra en contacto su piel.
Durante la lactancia el bebé seguirá recogiendo bacterias que le irá donando la madre hasta cumplir más o menos los dos años (que su propio bioma estará completo para el resto de su vida).
En segundo lugar dependerá de que el niño esté expuesto a la mayor diversidad de ecosistemas naturales (no esterilizados) durante los primeros años de su vida. Que esté en contacto con la tierra y se ensucie es clave. Que esté en contacto con animales y entornos donde los animales están en su estado salvaje (el campo) es también clave, ya que la cantidad de bacterias y esporas en el aire en estos entornos es aproximadamente 100 veces mayor que en los entornos de ciudad y las casas.
En tercer lugar dependerá de las personas a las que esté expuesto el niño y lo sanas que sean estas personas, entendiendo por sanas la biodiversidad de sus biomas. Con cuantas más personas interactúe mejor.
En cuarto lugar dependerá de la alimentación que haga el niño una vez deje de tomar el pecho. Si la alimentación es rica, diversa, ecológica, de temporada y a base de verduras y algo de fruta (fundamentalmente) su bioma será más rico y diverso. Ni que decir tiene que las dietas a las que están acostumbrados nuestros jóvenes deterioran tanto la diversidad como el equilibrio de su flora intestinal, alimentos procesados con todo tipo de productos químicos.
En quinto lugar dependerá de las agresiones que sufra su flora intestinal a lo largo de sus primeros años de vida. Las agresiones más frecuentes y que más deterioran incluso eliminan familias enteras de bacterias que son necesarias son los medicamentos tales como los antibióticos, los corticoides, los antiácidos, etc.
Cuando pensamos que nuestros cuerpos son recipientes de microorganismos, que solo en bacterias tenemos unas 10 por cada célula de nuestros cuerpo y que controlan la mayoría de nuestros procesos y el equilibrio de todos los sistemas de nuestro cuerpo, podemos darnos cuenta de la importancia de tener un bioma sano para no acabar desarrollando todo tipo de enfermedades crónicas. Tanto es así que si hablamos en términos genéticos, el 98% de la información genética que albergamos no nos pertenece, en realidad es parte del genoma de nuestras bacterias y de las mitocondrias dentro de nuestras células. Las mitocondrias son bacterias que viven dentro de cada célula, entre 500 y 2000 por célula y que tienen su propio código genético heredado de la madre (del óvulo de ésta).
Entonces, ¿qué ocurre cuando hacemos un trasplante de heces? La primera vez que me vi expuesto a este concepto tenía yo 10 años y fue en un internado, en Aranjuez, donde pasé siete años de mi infancia y adolescencia. Allí, en la finca, tenían una perra, “Pisi” que tenía la asquerosa manía de comerse las heces de otros perros. Lo que esta perra hacía era fortalecer su sistema inmunológico, solo lo hacía cuando tenía problemas gástricos, diarrea, etc. Cosas de la naturaleza, que es infinitamente más sabia que nosotros.
En el trasplante de heces lo que se procura es repoblar el colon con familias de bacterias comensales que puede que no hayamos heredado (si nacimos con parto por cesárea, tuvimos lactancia por biberón, y crecimos en entornos excesivamente limpios, etc.) y de esta manera adquirir de forma rápida el bioma de otra persona más sana que nosotros. Esto se puede hacer a través de una sonda nasogástrica, de enemas, de colonoscopia o tomando cápsulas de materia fecal (todos los métodos con sus ventajas e inconvenientes).
¿Deberíamos hacer como Pisi y mejorar nuestro bioma con estos probióticos tan poco apetecibles?
Me viene a la mente el desafortunado comentario de Mariló Montero en el programa de la mañana de televisión española del 23 de octubre de 2012, cuando dijo que “no está científicamente comprobado que el alma no se transmita en los trasplantes de órganos”.
Se ha comprobado que el trasplante de heces es muy eficaz a la hora de revertir algunas de las enfermedades que enumerábamos al comienzo del artículo pero también hay que listar los posibles efectos secundarios, que cuando menos son curiosos. Y es que en algunos casos de trasplante fecal se ha constatado, que la persona que lo recibe pasa de ser muy delgada a ganar peso rápidamente hasta la obesidad, aun conservando exactamente los mismos hábitos alimenticios que tenía antes del trasplante. O que la persona que antes era muy alegre tiende a tener depresiones o cambios de humor que no entiende. O bien que ahora sus movimientos al caminar y sus posturas en reposo han cambiado completamente. O bien que su coeficiente intelectual ha variado hacia arriba o hacia abajo.
Y es que en un trasplante de heces estamos cambiando más del 50% de nuestro código genético, que ya no será el nuestro, ni el que heredamos de nuestra madre, sino el de la persona que nos lo ha donado. Es como ir a la tómbola del pueblo a ver qué nos toca.
¿Qué otras alternativas tenemos?
Pues como ya hemos mencionado podemos cambiar algunos hábitos que por un lado aumenten la biodiversidad de nuestra microbiota y por otro lado la equilibren, tales como:
Eliminar alimentos precocinados con aditivos químicos.
Pasarnos a una alimentación rica en verduras y fruta de temporada, a ser posible ecológica y local. Al cambiar la alimentación nuestro bioma cambiará por completo y se diversificará en el trascurso de un año.
Exponernos a distintos ecosistemas naturales (campo, playa, granjas, etc.) donde respiremos diversidad de bacterias y esporas que nos ayudarán a repoblar el colon.
Exponernos a personas sanas, cuantas más mejor, y tener contacto físico. Si no tenemos muchas relaciones y estamos aislados, nuestro bioma se irá deteriorando.
Tener una mascota como un perro al que saquemos al parque o al campo a diario. La mascota aumentará la biodiversidad de nuestro bioma en un 30% al menos.
Tomar probióticos en forma de esporas (que no mueren con los ácidos estomacales) que cumplen dos funciones. Por una lado producen antibióticos naturales que controlan la población de las bacterias que pueden convertirse en patógenos, como el ecoli o la clostridium difficile. Por otro lado producen prebióticos que se convierten en alimento para las familias de bacterias comensales, que ya tenemos pero que tienen una población escasa.
Eliminar de nuestra vida todos aquellos productos químicos que puedan dañar nuestra microbiota, tales como los medicamentos, los pesticidas, la contaminación, los aditivos de los productos de limpieza y de aseo personal, los plásticos, etc.
Es verdad que este proceso es más lento pero cambiará algunos de nuestros hábitos para mejor y seguiremos siendo nosotros mismos. El trasplante de heces siempre debería ser el último recurso.
En mi primer viaje a la República del Congo me pasó una anécdota curiosa, me vacuné de todas las enfermedades tropicales habidas y por haber y cuando ya estaba allí, me acabó pasando lo que ni en mis peores pesadillas me había ocurrido, pillé una infección intestinal que, a parte de producirme una fiebre tremenda, diarrea, y vómitos, me hacía llorar de dolor por unos retortijones que no se los deseo ni a mi peor enemigo. Como llevaba tres días en cama y no se me pasaba, en mi desesperación, eché mano del kit de medicamentos de emergencia para ver qué había traído (por recomendación del centro de vacunas) y encontré una caja de antibióticos. Como yo no soy de medicarme, me puse en contacto con una amiga que es médico y ésta me recomendó que me lo tomase sin demora. Pero antes de tomármelo se me ocurrió leer el prospecto para ver los posibles efectos adversos del mismo y para mi sorpresa, me encuentro que uno de los efectos documentados era la tendencia suicida. Después de leer esto pensé que no merecía la pena correr ese riesgo y no me lo tomé (dos días después, mi infección del diablo empezó a remitir).
En estas últimas semanas la prensa nos ha sacudido con multitud de casos de personas aparentemente sanas y con “todo a su favor” en la vida, que han decidido quitarse la vida. Aparentemente, lo que todos ellos tenían en común es que hacía tiempo que padecían depresión, que en muchos casos se había originado por algún acontecimiento vital traumático. Casos como los del cantante de Linkin Park, Chester Bennington, el DJ Avicii, el chef Anthony Bourdain, la diseñadora Kate Spade. Pero el factor común del que la prensa no suele hablar es que todos ellos, hacía mucho tiempo que tomaban medicamentos antidepresivos.
Si investigamos en el prospecto de cualquiera de ellos (y digo cualquiera) veremos que uno de los efectos adversos es el aumento de los pensamientos y las tendencias suicidas. De hecho, si miramos cualquier prospecto de antidepresivo (SSRI, SNRI, MAOI, atípicos, tricíclicos) todos incluyen la siguiente advertencia:
Llame a su médico de inmediato o vaya a la sala de emergencias si padece los siguientes síntomas.
Intento de suicidio.
Pensamientos sobre el suicidio o la muerte.
Pensamientos sobre lastimar a otros.
Actúa enojado, violento o agresivo.
Ataques repentinos de manía.
Ataques de pánico.
Insomnio (dificultad para dormir) severo o continuo.
Las estadísticas oficiales tampoco son muy esperanzadoras, en USA la depresión clínica afecta a 16 millones de estadounidenses, dato que ha aumentado en un 65% desde el 2002[1] Y junto con este aumento también podemos ver que los casos de suicidio han aumentado un 25% entre 1999 y 2016.[2]
En España el aumento de la depresión (que también crece) es del 15% entre el 2005 y el 2015 y los casos de suicidio han aumentado un 19% desde el 2007. La verdad es que asusta pensar que lo que debería ser la solución (la medicación) a una enfermedad que está en alza, pueda acabar convirtiéndose en uno de los factores que más contribuyen a un fatal desenlace de suicidio.
¿Por qué están aumentando de manera tal alarmante los casos de depresión en los países desarrollados? Obviamente la atribución es multifactorial, crisis, estrés, pérdida de valores, pérdida del tejido social y la red de apoyo, etc. Pero hay un factor que es clave por ser desencadenante y siempre aparecerá como una de las causas. Ese factor no es otro que la salud intestinal.
En nuestro aparato digestivo (del esófago al ano) tenemos una red de más de 100 millones de neuronas, mayor que la cantidad que hay en la espina dorsal y el sistema nervioso periférico. Este “segundo cerebro” (sistema nervioso entérico) está en comunicación continua con el bioma (bacterias, virus y hongos) que tenemos a lo largo del aparato digestivo, y produce más de 30 neurotransmisores distintos además del 95% de la serotonina que podemos encontrar en el cuerpo. El segundo cerebro se comunica con el primer cerebro a través del nervio vago, pero la información viaja en una sola dirección, del segundo cerebro al primer cerebro. Por esto y porque las bacterias que tenemos en el aparato digestivo (10 bacterias por cada célula en nuestro cuerpo) continuamente se comunican con el segundo cerebro influyendo en la producción de neurotransmisores y de información que viaja a nuestro primer cerebro, nuestros estados de ánimo y posibles “desequilibrios” químicos en el cerebro, tienen su origen en el segundo cerebro, que es el aparato digestivo. Es por esto que si queremos abordar con éxito una depresión tenemos que abordar las causas en origen, y este origen siempre lo encontraremos en el propio aparato digestivo.
A modo de ejemplo, ya sabemos hoy en día que el consumo de alimentos ricos en uno de los ocho aminoácidos esenciales, el triptófano, que a su vez es precursor de la serotonina (neurotransmisor del bienestar) tiene un impacto enorme en la reducción de procesos inflamatorios intestinales. Esta reducción de la inflamación se debe a la producción de células inmunológicas tolerantes, que solo se da en la presencia de una familia de bacterias llamada Lactobacilus reuteri que al metabolizar el triptófano producen ácido láctico-indole-3. Es por esto que aquellas personas que no tengan esta familia de bacterias, o tengan una deficiencia en su población, desarrollarán procesos inflamatorios que a su vez tendrán repercusión en la salud mental, a causa del delicado equilibrio y las distintas vías de comunicación que hay entre el intestino y el cerebro.
¿Qué daña nuestra salud intestinal que finalmente acaba repercutiendo en nuestra salud mental?
Muchos estudios han demostrado el vínculo entre los procesos inflamatorios en el intestino y la depresión.[3] Es por esto que se hace imprescindible “reparar” el intestino y reducir los procesos inflamatorios. ¿Qué alimentos son los más pro-inflamatorios?
El gluten. No es necesario dar positivo en el test de celiaquía. La mayoría de los test no son exhaustivos y dan falsos negativos, ya que no testarán las más de 30 variedades de gluten que podemos ingerir. Aunque uno no tenga síntomas, las propiedades “pegajosas” del gluten, hacen que se formen aglomeraciones de partículas de comida que causan inflamación en sujetos sanos.[4]
Los lácteos. La caseína, que es la proteína de la leche puede ser causante de inflamación que a su vez está vinculada con enfermedades psiquiátricas que van de la esquizofrenia a la depresión. Es verdad que no todo el mundo tiene intolerancias a la proteína de la leche pero sería bueno testar este alimento (con una dieta de eliminación), en caso de depresión, para ver el impacto que tiene.
Transgénicos (GMO). Son organismos genéticamente modificados con el fin de “mejorar” la producción agrícola y hacerlos resistentes a pesticidas que matarán insectos, malas hierbas, hongos, etc. sin afectar al cultivo. Como absorben los pesticidas y estos han sido diseñados para matar, el impacto que tienen dentro de nuestro cuerpo, con nuestra flora intestinal, es el mismo que tienen fuera, “matar la vida”. Además la comida no es solo nutrientes, sino también información genética que hace que los genes de nuestro bioma se expresen de cierta forma y que a su vez influye en nuestra propia expresión genética. El resultado es que si tenemos predisposición genética a desarrollar ciertas enfermedades (como la depresión) estos genes se “enciendan” desarrollando la enfermedad.
Azúcares y edulcorantes artificiales. Ni que decir tiene que el azúcar y los hidratos de carbono que se convierten rápidamente en glucosa en la sangre son altamente adictivos. Al margen de este “pequeño problema” los picos de glucemia en sangre hacen que nuestro páncreas realice un sobresfuerzo para bombear insulina y transportar ese exceso de energía a las células. Como no consumimos toda esa energía (por falta de actividad física) las células acabarán acumulando el exceso en forma de grasa (depósitos de lípidos ectópicos) que producirán inflamación a nivel celular y harán que las células se vuelvan resistentes a la insulina.
Aceites vegetales procesados. Prácticamente la totalidad de los alimentos procesados lo han sido con aceites vegetales que ya habían sufrido un proceso previo. Todos estos procesos químicos y térmicos de calentamiento, oxidan (se vuelven rancios) los aceites y dañan nuestro endotelio (pared interna de los vasos sanguíneos) produciendo inflamación crónica, enfermedad cardiovascular y como no, depresión.
¿Y qué puedo comer que no contribuya a mis procesos inflamatorios?
Para empezar, deberíamos tener una dieta rica en grasas sanas (frutos secos crudos, semillas, aguacate, aceite de oliva virgen extra sin calentar, aceite de coco, aceite de sésamo, mantequilla o ghee, pescado azul), vitaminas y antioxidantes (que encontramos en abundancia en verduras, hortalizas, crucíferas y fruta), proteínas de alta calidad (tanto legumbres bien cocinadas como pescados, huevos y carnes de animales criados en libertad y alimentados con pastos) y especias antiinflamatorias como el jengibre, y la cúrcuma.
“La grandeza no es una función de las circunstancias. La grandeza, a la postre, es principalmente una cuestión de elección consciente y disciplina”
James C. Collins
Nos encontramos en la época del año en la que muchos de nosotros comenzamos a preocuparnos por nuestro aspecto físico. Comienza a hacer calor y al ir quitándonos capas de ropa nos damos cuenta que el invierno y la primavera no han pasado en balde y que hemos puesto peso distribuido en distintas zonas del cuerpo. Desde el marketing y la publicidad nos bombardean con distintas dietas que podemos realizar para quitarnos esos kilos de más y nos estresamos porque se acerca la hora de lucir el tipo en la piscina o la playa y no nos sentimos preparados.
Pues este artículo no pretende ser una fuente de estrés más para nosotros, porque la pérdida de peso no siempre está relacionada con la salud, especialmente si al hacer la dieta de turno (generalmente hipocalórica) perdemos masa muscular y masa ósea y después al acabar la dieta recuperamos el peso en forma de grasa. Lo único que habremos conseguido es estar peor que al inicio, menos sanos.
Podemos conformarnos con lo “bueno” o perseguir “lo mejor” que no es otra cosa que conseguir un “metabolismo óptimo”. ¿Qué es un metabolismo óptimo y cómo sé si lo he alcanzado? Para poder entenderlo, primero necesitamos entender cómo funciona nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo está lleno de células que para funcionar necesitan la energía que les aportan las mitocondrias celulares. Las mitocondrias son pequeñas plantas de producción de energía (tenemos entre 500 y 2.000 por cada célula) que necesitan ser alimentadas con “combustible” para que produzcan ATP (Adenosintrifosfato) que es la unidad de energía que nuestras células utilizan para todos los procesos químicos, tanto anabólicos (síntesis de moléculas) como catabólicos (destrucción de moléculas). Pues bien, la velocidad a la que estas mitocondrias producen energía marca nuestro metabolismo. Pero además, el combustible que utilizan estas pequeñas plantas (mitocondrias) puede ser de tres tipos: glucosa, grasa o proteínas. De estos tres combustibles la grasa produce menos radicales libres (responsables del envejecimiento) que sería equivalente a decir que esta combustión es menos contaminante para las células.
¿Qué es por tanto un metabolismo óptimo? Sería aquel donde las células de nuestro cuerpo, todos los días, utilizan tanto la glucosa como la grasa como combustible, siendo este último el preferido o prioritario. Es lo que la mayoría de nosotros teníamos cuando éramos pequeños, que podíamos comer de todo sin engordar y que nunca estábamos escasos de energía y/o cansados. Aunque esto hoy en día, para las nuevas generaciones, ya no es la norma, dado que cada vez hay más niños con problemas metabólicos.
¿Por qué no he conservado ese metabolismo óptimo que tenía de niño? La mayoría de nosotros hemos recibido una herencia genética de nuestros antepasados que premia la conservación de energía. Nuestros antepasados evolucionaron en un entorno hostil donde para sobrevivir tuvieron que adaptarse. Ellos no dispusieron de comida sin esfuerzo las 24 horas del día, los 375 días del año. Para poder comer tenían que salir en ayunas a cazar o recolectar y cuando conseguían la ansiada comida necesitaban reponer los depósitos de energía del cuerpo que habían desgastado. La manera en que reponían estos depósitos de energía era comiendo más allá del punto de saciedad (hartándose a comer) puesto que no sabían cuándo sería la siguiente comida. Por tanto desarrollaron dos herramientas de supervivencia, la Resistencia a la Insulina y el Hipotiroidismo.
La insulina es la hormona anabólica (construcción de tejido) más importante que tenemos en nuestro cuerpo, es la responsable de trasladar la glucosa al interior de las células para que sirva de combustible y también de estimular el crecimiento (división celular) de tejidos musculares. Pues bien, cuando comemos y en la comida hay hidratos de carbono (azúcares simples y/o polisacáridos) y proteínas, nuestro páncreas segrega insulina que permite que todas las células absorban esos combustibles y construyan tejido, muscular si hemos hecho ejercicio intenso, o grasa si no hemos hecho ejercicio anteriormente. Si comemos con frecuencia y en exceso, tenderemos a tener siempre niveles de insulina en sangre elevados con lo que nuestro cuerpo se irá inflamando y las células acabarán desarrollando resistencia a la insulina. Es algo parecido a cuando un padre tiene que repetir varias veces a su hijo que recoja los juguetes, llega un momento en que el hijo solo escucha cuando le gritan. De la misma manera las células saturadas de combustible inutilizan sus receptores de insulina para no ser “incordiadas” y el páncreas tienen que producir más insulina (gritar más alto) para ser escuchado.
Por otro lado el hipotiroidismo no es otra cosa que el cuerpo ralentizando su consumo de energía nocturno (que se conoce como metabolismo basal) o lo que es lo mismo las calorías que consumimos cuando estamos en reposo. La tiroides produce hormona tiroidea T4, fundamentalmente, que en las células se convierte en T3 para ser activa y que cada hora establece la velocidad a la que se produce o quema combustible en las mitocondrias. Cuando el cuerpo se ve amenazado (estrés, infecciones, falta de nutrientes, toxicidad, etc.) puede ralentizar el metabolismo basal para conservar energía y sobrevivir más tiempo bien desactivando la producción de hormona tiroidea en la tiroides, bien inutilizando la T3 en la propia célula.
Tanto la resistencia a la insulina como el hipotiroidismo permitieron a nuestros antepasados guardar energía en forma de grasa y conservar esa energía al quemar menos calorías reduciendo el metabolismo basal. Y como aquellos individuos que desarrollaron estos mecanismos y sobrevivieron más tiempo en un entorno hostil, pasaron sus genes al reproducirse, nosotros los hemos heredado.
¿Por qué es tan importante optimizar el metabolismo y recuperar la sensibilidad a la insulina? La razón no es estética, sino de salud. Cuando desarrollamos resistencia a la insulina y ésta se prolonga durante mucho tiempo acabamos desarrollando síndrome metabólico: hipertensión (porque se daña el endotelio, interior de nuestros vasos sanguíneos), hiperlipidemia (colesterol elevado al tiempo que aumentan los triglicéridos en sangre), reducción del “colesterol bueno” HDL que el hígado no puede producir por estar sobrecargado, glucosa en sangre elevada (que daña todos los tejidos por su efecto glicante o de caramelización) y todo esto contribuye a tener más riesgo cardiovascular además de acabar desarrollando diabetes tipo II, inflamación crónica, enfermedades neurodegenerativas, cáncer, etc.
Si ya hemos acumulado grasa (especialmente en la zona abdominal) debido a nuestra resistencia a la insulina, ¿cómo podemos revertir este proceso y recuperar nuestro metabolismo de cuando éramos niños? Aquí es donde entra el programa de “metabolismo óptimo” que ha sido diseñado para recuperar la sensibilidad a la insulina, previniendo el desarrollo de la mayoría de las enfermedades crónicas y recuperando un porcentaje de grasa corporal sano.
¿Qué pasos daremos dentro del programa de “metabolismo óptimo”?
1. Diagnóstico Inicial. Realizaremos un análisis de sangre muy completo que nos indicará qué grado de resistencia a la insulina hemos desarrollado y si nuestra tiroides está funcionando a pleno rendimiento. Tomaremos las medidas de grasa corporal y veremos a qué se debe su acumulación y que porcentaje de grasa corporal tenemos. Y por último identificaremos cómo funciona nuestro sistema nervioso autónomo y si está equilibrado o no.
2. Alimentación a medida. Estableceremos los hidratos de carbono, grasas y proteínas, que necesitamos comer en cada una de las comidas del día, tanto de origen animal como vegetal, para reducir la resistencia a la insulina y equilibrar el sistema nervioso autónomo. Esto lo haremos con la inestimable colaboración de Emanuela Gornati (nuestra experta en nutrición) que nos ayudará a ajustar y personalizar la alimentación en función de las necesidades de cada uno.
3. Actividad física y ejercicio. Haremos un plan de ejercicio físico en función de la resistencia a la insulina de cada uno y de su estado de forma física inicial.
4. Nutrición. Identificaremos las deficiencias nutricionales que pueda tener cada participante y las suplementaremos adecuadamente.
5. Estrés, Descanso, Ayuno. Incorporaremos otros hábitos saludables que nos ayudarán en el camino en pos de obtener un “metabolismo óptimo”.
6. Seguimiento. Realizaremos un seguimiento por medio de análisis de sangre y la medida de la grasa corporal que nos permitan ver la evolución.
Cuando hayamos terminado todo el proceso, nuestro cuerpo quemará glucosa y grasa todos los días (ésta última especialmente durante la noche) y con ello lograremos tener más energía, prevenir todo tipo de enfermedades crónicas (o revertirlas si ya las tenemos), y por supuesto perder esa grasa que hemos ido acumulando a lo largo de los años y que tanto cuesta quitarse cada primavera.
¿Cómo podemos conseguir que los demás hagan lo que queremos? El atajo consiste en imponer nuestros deseos, siempre y cuando tengamos el poder. Pero, ¿cómo puedo conseguir que lo hagan voluntariamente, como algo libremente elegido? Aquí el objetivo se complica. La respuesta es influyendo.
Recuerdo cuando trabajé como profesor de bachillerato, hace ya unos cuantos años. Yo iba a sustituir al profesor de toda la vida en las asignaturas de física y química, tarea nada fácil, ya que este profesor era toda una institución, no solo en el colegio sino en toda la Comunidad de Madrid. Por respeto, le pregunté si tenía alguna recomendación para mí, que me iba a enfrentar por primera vez a un reto semejante. Me dijo, “mira, lo que tardes en llegar de la puerta a la mesa, la primera vez que entres en la clase, determinará si los has ganado o los has perdido. Se convertirán en tus aliados o en tu peor pesadilla”, y se fue.
Después de meditar pensé que la solución sería no llegar a la mesa, y así lo hice. En esos días estaba leyendo “El Príncipe” de Maquiavelo y allí encontré la inspiración para salir airoso de este reto. Maquiavelo le explicaba a César Borgia que el príncipe que conquista un nuevo territorio, lo primero que debe hacer es identificar a los más poderosos y eliminarlos, de tal manera que todo el pueblo (nuevos súbditos) le tema. Decía Maquiavelo que es mejor ser temido primero y después ganarse el amor de los súbditos, que intentar ser magnánimo desde el principio y nunca ganarse el respeto de los súbditos.
Y así hice yo, me planté al frente, en el centro del aula, y durante unos interminables 3 a 4 minutos hice contacto visual con cada uno de mis alumnos, uno por uno, identificando a aquellos que eran capaces de aguantarme la mirada desafiante. Acto seguido pedí a uno de los alumnos que repartiera nuestro contrato para el curso. Leímos el contrato todos juntos. Punto uno, no se tolerará ninguna falta de respeto en el aula, ni a mi persona, ni a ningún compañero. Punto dos, no se tolerará que nadie copie, ni el los exámenes, ni en los ejercicios. Punto tres, trabajaréis como nunca antes lo habéis hecho. A continuación leímos mi compromiso, “si hacéis estas tres cosas os garantizo que aprobaréis la asignatura sin problemas”.
“Y ahora”, les dije, “tenemos que elegir lo que va a ser. Según yo veo las cosas tenemos dos opciones. Podemos respetar estas reglas básicas y disfrutar aprendiendo física y química, sin sobresaltos. O, por el contrario, podéis ponerme a prueba saltándoos cualquiera de las reglas, especialmente las dos primeras. Si faltas al respeto a cualquier persona en el aula o copias, yo me encargaré personalmente de que no apruebes esta asignatura mientras yo esté en este colegio. Tendrás que cambiarte de colegio o conseguir que me echen” y con una sonrisa de loco añadí, “y no me importa que me echen pues no vivo de esto. Si no me creéis solo tenéis que ponerme a prueba para verificarlo.” Y me fui a la mesa.
Fue un año fabuloso, mis alumnos aprobaron todos y sacaron un 7,85 sobre 10 de nota media en selectividad, la mejor media en la historia del colegio.
¿Por qué creo que funcionó el experimento? ¿Cómo conseguí influir en ellos?
El poder, como herramienta, tiene una vida muy corta y el miedo, como motivación, dura muy poco. ¿Por qué, entonces obtuvimos estos resultados?
Pues bien, cuando uno adquiere un puesto de responsabilidad, en virtud de la nueva posición o cargo que ostenta, tiene el “poder”; dicho de otro modo, se convierte en la “autoridad impuesta”. Si lo ejerce de forma inmediata, puede imponer su voluntad y conseguir que, por temor, sus colaboradores/alumnos/voluntarios hagan lo que él/ella quiere.
Ahora bien, este efecto tiene una vida muy corta por sí mismo, y tal como dijo Margaret Thatcher: “tener poder es como ser mujer, si tienes que estar recordándole a todo el mundo, todo el tiempo, lo que eres (o lo que ostentas) es que no lo eres (o no lo ostentas).” Nuestra autoridad impuesta se vuelve narcisista e insegura. Seguramente puedas recordar a alguien que te haya dirigido de esta forma. Siempre te está recordando que está jerárquicamente por encima de ti. “¡Soy tu padre!”, “¡no olvides quién es el jefe aquí!”, “¡aquí mando yo!”.
Se hace pues imprescindible transformar esta autoridad impuesta en otro tipo de autoridad, que denominaremos “autoridad ganada”. Esta autoridad es humilde y segura, no necesita estar recordando a los demás que existe, pues es clara a los ojos de todos. Esta autoridad se consigue con el ejemplo, el servicio, el sacrificio, la fidelidad y por supuesto la magnanimidad. Es una autoridad independiente del puesto y del poder y perdura en el tiempo, mucho después que se ha perdido el cargo o el poder.
Uno de los mejores ejemplos recientes de autoridad ganada nos lo brindó José Múgica, ex presidente de Uruguay, cuando recibió en su casa a D. Juan Carlos I. Lo sentó en un banco de su humilde jardín y le habló de tú, con una seguridad y familiaridad que solo te otorga la autoridad ganada. Incluso se permitió el lujo de decirle que “tuviste la desgracia de ser rey” y por tanto no pudiste elegir ser “rico”, aun siendo materialmente modesto, como lo era José Múgica, porque “pobre es el que necesita cosas”.
Y volviendo a la historia del colegio, acabó el curso y mis alumnos volvieron a un evento que se celebraba un sábado en el patio del centro. Cuando me vieron, todos se acercaron a mí y comenzaron a hablarme sobre cómo les había ido el examen de selectividad y de lo que cada uno iba a estudiar en la universidad, todo con sumo respeto y hasta reverencia. Yo les recordé que ya no era su profesor y que podían tratarme como tratan a cualquier amigo (ya no tenía poder sobre ellos) pero eran incapaces, pues seguía teniendo la autoridad ganada y ya nunca podrán dejar de verme como su “profesor”.
Cada vez que tengo una sesión de formación sobre negociación, pido a varios asistentes que salgan a hacer un roll play y me pidan un aumento de sueldo, como si yo fuera su jefe. Nunca lo concedo, es parte del ejercicio, ya que para que se de una negociación, ambas partes tienen que estar dispuestas a negociar, y yo no lo estoy. Les explico que si quieren un aumento de sueldo tendrán que cambiar de empresa y volver un par de años más tarde. Durante el ejercicio normalmente encuentro algún participante que esgrime como argumento, para que le de el aumento, que se ha enterado que otros compañeros en el mimo puesto que él están ganando más. Aquí suelo hacer una pausa y pregunto. “¿Qué os parece que dos personas ocupando un puesto con la misma descripción tengan sueldos distintos?” La respuesta que suelen darme es, “pues que es injusto”. Y yo te pregunto a ti lector, ¿qué piensas tú?
Esta misma pregunta nos hizo el catedrático de Derecho Laboral de la UCM, D. Efrén Borrajo en uno de los cursos del Master de Dirección de Empresas y RRHH, hace ya unos cuantos años. Y después nos citó el Evangelio según San Mateo en su capítulo 20, donde aparece una parábola de un hacendado que tenía una viña y salió a la plaza del pueblo a contratar jornaleros a las 6:00 a.m. y después en intervalos de 3 horas hasta el último grupo a las 17:00. Con el primer grupo convino un sueldo de un denario y al resto les dijo que les daría lo que fuera justo. Al final del día hizo que el capataz pagara a todos empezando por el grupo de las 17:00 (solo habían trabajado una hora) y así sucesivamente hasta llegar a aquellos con los que había convenido un denario. A todos les pagó lo mismo, un denario. Los que habían trabajado todo el día se quejaron porque pensaban que recibirían más. El terrateniente les dijo “amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿no conviniste conmigo un denario?”
¿Qué es justicia? Según la RAE, “Una de las cuatro virtudes cardinales, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”. Por tanto el terrateniente fue justo con el primer grupo, les dio lo acordado, o “negociado”.
¿Fue justo con los demás? Esto me recuerda a unos buenos amigos que tienen dos hijas preciosas y que un día mientras cenábamos en casa con mi mujer, nos comentaron un problema que tenían, para ver si les podíamos ayudar. Resulta que su hija mayor estaba “celosa” de la pequeña y no consentía en que sus padres le dieran besos o abrazos. Cuando lo veía se sentía amenazada y les expresaba que a ella no la querían. Nuestros amigos nos explicaron que ellos las trataban a las dos igual y que les daban la misma cantidad de besos y abrazos y que no entendían por qué tenía su hija mayor tantos celos y se sentía tan amenazada. Nosotros les expresamos que estaban confundiendo justicia con igualdad. Cuando damos a todos lo mismo estamos siendo tremendamente injustos. Su hija mayor tenía una necesidad más grande de afecto físico que su hija pequeña, y como no cubrían su necesidad se sentía amenazada por su hermana menor, que sí veía cubierta su necesidad emocional.
Por tanto igualdad hubiera sido reconocer que ambas tenían derecho a satisfacer sus necesidades emocionales y justicia hubiera sido tener en cuenta las particularidades de cada una; el número de besos y/o abrazos necesarios para satisfacerlas en cada caso.
Pero sin duda, una de las mejores lecciones que he aprendido sobre el concepto de justicia me la enseñó un jefe que tuve hace años, José Luis, al que admiro y estaré eternamente agradecido. Cuando me contrató como consultor de formación convino conmigo un sueldo y una continuidad que se sustentaban en dos pilares, mi capacidad para vender y mi capacidad para impartir. “Cualquiera puede impartir bien, pero no todo el mundo vale para vender”, me dijo. Pues bien, al final de mi segundo año en la empresa nos sentamos para tener una entrevista de evaluación. Yo no había sido capaz de vender ni un solo curso en esos dos años, aunque había trabajado duro con ese fin. Antes que él hablara, yo le dije que lo justo era que me rescindiera el contrato, ya que no había alcanzado el objetivo. José Luis me miró fijamente y me dijo, “no Juan, tu vas a vender; yo sé que tú vas a vender.” Ese día cometió una injusticia conmigo que agrandó un mes después mejorándome las condiciones económicas. Y tuvo razón, vendí y aprendí por encima de todo, que la mejor manera de transformar a la gente es cometiendo una injusticia, la injusticia de creer en ellos cuando no lo han merecido. No se me ocurre una injusticia más “justa.”
Gordon Gekko, el tiburón de los negocios en la película “Wall Street” da un discurso legendario durante la junta de accionistas de la empresa Teldar Paper, de la que él es el máximo accionista, pero no la dirige. En el discurso dice “La codicia, a falta de mejor palabra, es buena. La codicia es correcta, la codicia funciona…” Es verdad que la codicia funciona, dependiendo de cuál sea el objetivo, pero donde discrepo es que yo no la veo como algo bueno o correcto.
Es la codicia lo que nos ha traído como país a esta situación económica en la que estamos envueltos ahora con una crisis económica profunda. Es la codicia lo que ha hecho que se inflara la burbuja inmobiliaria, de la que ya se sabía, por cierto en el año 2000. Es la codicia la que ha propiciado la cultura del pelotazo y corrupción galopante que sufrimos hoy, como decían en mi pueblo, “no me des, ponme donde haiga.” Y el mayor peligro de todos es que parece que no habremos aprendido nada ahora que empezamos a ver la luz al final del túnel, aunque solo sea a nivel macroeconómico. De nuevo se está activando el ladrillo y ya somos el segundo país de Europa en construcción de viviendas.
Y cuál es la solución, ¿qué podemos hacer nosotros? ¿Qué necesitamos aprender?
Me viene a la mente la historia de un hombre que estaba trabajando en casa y su hijo pequeño no paraba de incordiarle reclamando su atención. En su desesperación agarró la primera revista que vio encima de la mesa y pidió a su hijo que le trajera unas tijeras. Con ellas cortó una página donde aparecía un mapamundi lo troceó y lo dispuso sobre otra mesa. “Vamos a hacer un puzle”, le dijo a su hijo entregándole un rollo de cinta transparente de embalar. “Cuando termines de armarlo lo pegas con la cinta y me lo traes, ¿de acuerdo?” Pensando el padre que tendría un buen rato de tranquilidad se puso manos a la obra con el trabajo, y cuál fue su sorpresa cuando a los pocos minutos, su hijo, que nunca había visto un mapamundi, se lo trajo compuesto. “¿Cómo lo has hecho?” Le preguntó el padre sorprendido. Su hijo le respondió, “cuando estabas arrancando la página de la revista me di cuenta que por la parte de atrás había un hombre y he pensado que si el hombre está bien, el mundo está bien”
Fue precisamente una reacción a la codicia de la jefa de mi mejor amiga lo que me animó a crear con ella una academia de idiomas, More Than Languages, en la que los profesores no fuesen explotados, los niños recibieran mucho más que el aprendizaje de un idioma y los padres tuvieran un servicio de la máxima calidad al precio más competitivo.
Así nació nuestra primera, que no última, empresa social. MTL no ha dejado de crecer y de ser una competencia imbatible desde su nacimiento en diciembre de 2007 (vino al mundo con la crisis). ¿Por qué? Porque funciona igual que un virus, no nació con el fin de maximizar beneficios sino de aportar valor a la sociedad y por tanto es un concepto altamente contagioso y tiene el poder de transformar su entorno, cambiando al hombre y por tanto cambiando al mundo.
¿Qué es una empresa social? La inspiración se la debo a Muhammad Yunus (“Un mundo sin pobreza”), premio nobel de la paz y padre de los microcréditos. La empresa social es una empresa competitiva que genera beneficios sociales en lugar de maximizar beneficios económicos. Es propiedad de inversores que solo buscan recuperar su inversión (sin dividendos) al tiempo que logran objetivos sociales ayudando a los desfavorecidos o contribuyendo a la mejora del medio ambiente. Y sí, la empresa vende productos y/o servicios compitiendo con las empresas que buscan maximizar beneficios desde una posición de gran ventaja, ya que no le mueve la codicia.
Pero a diferencia de una ONG o fundación, la empresa social no es dependiente de donaciones o subvenciones, ni vuelve dependientes a aquellos que se benefician de sus productos y/o servicios.
¿Quién no querría contribuir a generar riqueza que llegue a las personas que la necesitan especialmente? ¿Quién no querría tener un impacto positivo en el mundo inmediato, que le rodea? ¿Quién no querría dejar un legado, una herencia digna a las próximas generaciones?
¡Es hora de contagiarse, pues “si el hombre está bien, el mundo está bien”!
Hace ya unos cuantos años, es curioso como cuando uno se va haciendo mayor el tiempo pasado se ve más cercano, fui a ver una gran película; una de esas que te dejan pensando. La película en cuestión comenzaba con un señor ya anciano ante la tumba de otro hombre, llorando y preguntándole a su mujer si había vivido una vida digna del sacrificio que habían hecho por él, si se había hecho merecedor de todo ese sacrificio. En la película “Salvar al Soldado Ryan” toda una compañía de soldados sacrifica su vida por traer vivo a casa, con su madre, al último hijo vivo de cuatro hermanos que habían ido al frente en Europa, durante la Segunda Guerra Mundial. El capitán, con su último aliento de vida, le dice a Ryan que se haga merecedor de todo ese sacrificio.
Así pues, la pregunta para todos nosotros hoy es ¿cómo podemos hacernos merecedores del sacrificio que otros habrán realizado por nosotros a lo largo de nuestra vida? ¿Cómo podemos medir esto? Continue reading →