INFLUENCIA, DEL PODER A LA AUTORIDAD

¿Cómo podemos conseguir que los demás hagan lo que queremos? El atajo consiste en imponer nuestros deseos, siempre y cuando tengamos el poder. Pero, ¿cómo puedo conseguir que lo hagan voluntariamente, como algo libremente elegido? Aquí el objetivo se complica. La respuesta es influyendo.

Recuerdo cuando trabajé como profesor de bachillerato, hace ya unos cuantos años. Yo iba a sustituir al profesor de toda la vida en las asignaturas de física y química, tarea nada fácil, ya que este profesor era toda una institución, no solo en el colegio sino en toda la Comunidad de Madrid. Por respeto, le pregunté si tenía alguna recomendación para mí, que me iba a enfrentar por primera vez a un reto semejante. Me dijo, “mira, lo que tardes en llegar de la puerta a la mesa, la primera vez que entres en la clase, determinará si los has ganado o los has perdido. Se convertirán en tus aliados o en tu peor pesadilla”, y se fue.

Después de meditar pensé que la solución sería no llegar a la mesa, y así lo hice. En esos días estaba leyendo “El Príncipe” de Maquiavelo y allí encontré la inspiración para salir airoso de este reto. Maquiavelo le explicaba a César Borgia que el príncipe que conquista un nuevo territorio, lo primero que debe hacer es identificar a los más poderosos y eliminarlos, de tal manera que todo el pueblo (nuevos súbditos) le tema. Decía Maquiavelo que es mejor ser temido primero y después ganarse el amor de los súbditos, que intentar ser magnánimo desde el principio y nunca ganarse el respeto de los súbditos.

Y así hice yo, me planté al frente, en el centro del aula, y durante unos interminables 3 a 4 minutos hice contacto visual con cada uno de mis alumnos, uno por uno, identificando a aquellos que eran capaces de aguantarme la mirada desafiante. Acto seguido pedí a uno de los alumnos que repartiera nuestro contrato para el curso. Leímos el contrato todos juntos. Punto uno, no se tolerará ninguna falta de respeto en el aula, ni a mi persona, ni a ningún compañero. Punto dos, no se tolerará que nadie copie, ni el los exámenes, ni en los ejercicios. Punto tres, trabajaréis como nunca antes lo habéis hecho. A continuación leímos mi compromiso, “si hacéis estas tres cosas os garantizo que aprobaréis la asignatura sin problemas”.

“Y ahora”, les dije, “tenemos que elegir lo que va a ser. Según yo veo las cosas tenemos dos opciones. Podemos respetar estas reglas básicas y disfrutar aprendiendo física y química, sin sobresaltos. O, por el contrario, podéis ponerme a prueba saltándoos cualquiera de las reglas, especialmente las dos primeras. Si faltas al respeto a cualquier persona en el aula o copias, yo me encargaré personalmente de que no apruebes esta asignatura mientras yo esté en este colegio. Tendrás que cambiarte de colegio o conseguir que me echen” y con una sonrisa de loco añadí, “y no me importa que me echen pues no vivo de esto. Si no me creéis solo tenéis que ponerme a prueba para verificarlo.” Y me fui a la mesa.

Fue un año fabuloso, mis alumnos aprobaron todos y sacaron un 7,85 sobre 10 de nota media en selectividad, la mejor media en la historia del colegio.

¿Por qué creo que funcionó el experimento? ¿Cómo conseguí influir en ellos?

El poder, como herramienta, tiene una vida muy corta y el miedo, como motivación, dura muy poco. ¿Por qué, entonces obtuvimos estos resultados?

Pues bien, cuando uno adquiere un puesto de responsabilidad, en virtud de la nueva posición o cargo que ostenta, tiene el “poder”; dicho de otro modo, se convierte en la “autoridad impuesta”. Si lo ejerce de forma inmediata, puede imponer su voluntad y conseguir que, por temor, sus colaboradores/alumnos/voluntarios hagan lo que él/ella quiere.

Ahora bien, este efecto tiene una vida muy corta por sí mismo, y tal como dijo Margaret Thatcher: “tener poder es como ser mujer, si tienes que estar recordándole a todo el mundo, todo el tiempo, lo que eres (o lo que ostentas) es que no lo eres (o no lo ostentas).” Nuestra autoridad impuesta se vuelve narcisista e insegura. Seguramente puedas recordar a alguien que te haya dirigido de esta forma. Siempre te está recordando que está jerárquicamente por encima de ti. “¡Soy tu padre!”, “¡no olvides quién es el jefe aquí!”, “¡aquí mando yo!”.

Se hace pues imprescindible transformar esta autoridad impuesta en otro tipo de autoridad, que denominaremos “autoridad ganada”. Esta autoridad es humilde y segura, no necesita estar recordando a los demás que existe, pues es clara a los ojos de todos. Esta autoridad se consigue con el ejemplo, el servicio, el sacrificio, la fidelidad y por supuesto la magnanimidad. Es una autoridad independiente del puesto y del poder y perdura en el tiempo, mucho después que se ha perdido el cargo o el poder.

Uno de los mejores ejemplos recientes de autoridad ganada nos lo brindó José Múgica, ex presidente de Uruguay, cuando recibió en su casa a D. Juan Carlos I. Lo sentó en un banco de su humilde jardín y le habló de tú, con una seguridad y familiaridad que solo te otorga la autoridad ganada. Incluso se permitió el lujo de decirle que “tuviste la desgracia de ser rey” y por tanto no pudiste elegir ser “rico”, aun siendo materialmente modesto, como lo era José Múgica, porque “pobre es el que necesita cosas”.

Y volviendo a la historia del colegio, acabó el curso y mis alumnos volvieron a un evento que se celebraba un sábado en el patio del centro. Cuando me vieron, todos se acercaron a mí y comenzaron a hablarme sobre cómo les había ido el examen de selectividad y de lo que cada uno iba a estudiar en la universidad, todo con sumo respeto y hasta reverencia. Yo les recordé que ya no era su profesor y que podían tratarme como tratan a cualquier amigo (ya no tenía poder sobre ellos) pero eran incapaces, pues seguía teniendo la autoridad ganada y ya nunca podrán dejar de verme como su “profesor”.

Y tú, ¿con qué autoridad dirigirás?

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LA INJUSTICIA MAS “JUSTA”

Cada vez que tengo una sesión de formación sobre negociación, pido a varios asistentes que salgan a hacer un roll play y me pidan un aumento de sueldo, como si yo fuera su jefe. Nunca lo concedo, es parte del ejercicio, ya que para que se de una negociación, ambas partes tienen que estar dispuestas a negociar, y yo no lo estoy. Les explico que si quieren un aumento de sueldo tendrán que cambiar de empresa y volver un par de años más tarde. Durante el ejercicio normalmente encuentro algún participante que esgrime como argumento, para que le de el aumento, que se ha enterado que otros compañeros en el mimo puesto que él están ganando más. Aquí suelo hacer una pausa y pregunto. “¿Qué os parece que dos personas ocupando un puesto con la misma descripción tengan sueldos distintos?” La respuesta que suelen darme es, “pues que es injusto”. Y yo te pregunto a ti lector, ¿qué piensas tú?

Esta misma pregunta nos hizo el catedrático de Derecho Laboral de la UCM, D. Efrén Borrajo en uno de los cursos del Master de Dirección de Empresas y RRHH, hace ya unos cuantos años. Y después nos citó el Evangelio según San Mateo en su capítulo 20, donde aparece una parábola de un hacendado que tenía una viña y salió a la plaza del pueblo a contratar jornaleros a las 6:00 a.m. y después en intervalos de 3 horas hasta el último grupo a las 17:00. Con el primer grupo convino un sueldo de un denario y al resto les dijo que les daría lo que fuera justo. Al final del día hizo que el capataz pagara a todos empezando por el grupo de las 17:00 (solo habían trabajado una hora) y así sucesivamente hasta llegar a aquellos con los que había convenido un denario. A todos les pagó lo mismo, un denario. Los que habían trabajado todo el día se quejaron porque pensaban que recibirían más. El terrateniente les dijo “amigo, no te hago ninguna injusticia; ¿no conviniste conmigo un denario?”

¿Qué es justicia? Según la RAE, “Una de las cuatro virtudes cardinales, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”. Por tanto el terrateniente fue justo con el primer grupo, les dio lo acordado, o “negociado”.

¿Fue justo con los demás? Esto me recuerda a unos buenos amigos que tienen dos hijas preciosas y que un día mientras cenábamos en casa con mi mujer, nos comentaron un problema que tenían, para ver si les podíamos ayudar. Resulta que su hija mayor estaba “celosa” de la pequeña y no consentía en que sus padres le dieran besos o abrazos. Cuando lo veía se sentía amenazada y les expresaba que a ella no la querían. Nuestros amigos nos explicaron que ellos las trataban a las dos igual y que les daban la misma cantidad de besos y abrazos y que no entendían por qué tenía su hija mayor tantos celos y se sentía tan amenazada. Nosotros les expresamos que estaban confundiendo justicia con igualdad. Cuando damos a todos lo mismo estamos siendo tremendamente injustos. Su hija mayor tenía una necesidad más grande de afecto físico que su hija pequeña, y como no cubrían su necesidad se sentía amenazada por su hermana menor, que sí veía cubierta su necesidad emocional.

Por tanto igualdad hubiera sido reconocer que ambas tenían derecho a satisfacer sus necesidades emocionales y justicia hubiera sido tener en cuenta las particularidades de cada una; el número de besos y/o abrazos necesarios para satisfacerlas en cada caso.

Pero sin duda, una de las mejores lecciones que he aprendido sobre el concepto de justicia me la enseñó un jefe que tuve hace años, José Luis, al que admiro y estaré eternamente agradecido. Cuando me contrató como consultor de formación convino conmigo un sueldo y una continuidad que se sustentaban en dos pilares, mi capacidad para vender y mi capacidad para impartir. “Cualquiera puede impartir bien, pero no todo el mundo vale para vender”, me dijo. Pues bien, al final de mi segundo año en la empresa nos sentamos para tener una entrevista de evaluación. Yo no había sido capaz de vender ni un solo curso en esos dos años, aunque había trabajado duro con ese fin. Antes que él hablara, yo le dije que lo justo era que me rescindiera el contrato, ya que no había alcanzado el objetivo. José Luis me miró fijamente y me dijo, “no Juan, tu vas a vender; yo sé que tú vas a vender.” Ese día cometió una injusticia conmigo que agrandó un mes después mejorándome las condiciones económicas. Y tuvo razón, vendí y aprendí por encima de todo, que la mejor manera de transformar a la gente es cometiendo una injusticia, la injusticia de creer en ellos cuando no lo han merecido. No se me ocurre una injusticia más “justa.”

EL VIRUS DE LA EMPRESA SOCIAL

Gordon Gekko, el tiburón de los negocios en la película “Wall Street” da un discurso legendario durante la junta de accionistas de la empresa Teldar Paper, de la que él es el máximo accionista, pero no la dirige. En el discurso dice “La codicia, a falta de mejor palabra, es buena. La codicia es correcta, la codicia funciona…” Es verdad que la codicia funciona, dependiendo de cuál sea el objetivo, pero donde discrepo es que yo no la veo como algo bueno o correcto.

Es la codicia lo que nos ha traído como país a esta situación económica en la que estamos envueltos ahora con una crisis económica profunda. Es la codicia lo que ha hecho que se inflara la burbuja inmobiliaria, de la que ya se sabía, por cierto en el año 2000. Es la codicia la que ha propiciado la cultura del pelotazo y corrupción galopante que sufrimos hoy, como decían en mi pueblo, “no me des, ponme donde haiga.” Y el mayor peligro de todos es que parece que no habremos aprendido nada ahora que empezamos a ver la luz al final del túnel, aunque solo sea a nivel macroeconómico. De nuevo se está activando el ladrillo y ya somos el segundo país de Europa en construcción de viviendas.

Y cuál es la solución, ¿qué podemos hacer nosotros? ¿Qué necesitamos aprender?

Me viene a la mente la historia de un hombre que estaba trabajando en casa y su hijo pequeño no paraba de incordiarle reclamando su atención. En su desesperación agarró la primera revista que vio encima de la mesa y pidió a su hijo que le trajera unas tijeras. Con ellas cortó una página donde aparecía un mapamundi lo troceó y lo dispuso sobre otra mesa. “Vamos a hacer un puzle”, le dijo a su hijo entregándole un rollo de cinta transparente de embalar. “Cuando termines de armarlo lo pegas con la cinta y me lo traes, ¿de acuerdo?” Pensando el padre que tendría un buen rato de tranquilidad se puso manos a la obra con el trabajo, y cuál fue su sorpresa cuando a los pocos minutos, su hijo, que nunca había visto un mapamundi, se lo trajo compuesto. “¿Cómo lo has hecho?” Le preguntó el padre sorprendido. Su hijo le respondió, “cuando estabas arrancando la página de la revista me di cuenta que por la parte de atrás había un hombre y he pensado que si el hombre está bien, el mundo está bien

Fue precisamente una reacción a la codicia de la jefa de mi mejor amiga lo que me animó a crear con ella una academia de idiomas, More Than Languages, en la que los profesores no fuesen explotados, los niños recibieran mucho más que el aprendizaje de un idioma y los padres tuvieran un servicio de la máxima calidad al precio más competitivo.

Así nació nuestra primera, que no última, empresa social. MTL no ha dejado de crecer y de ser una competencia imbatible desde su nacimiento en diciembre de 2007 (vino al mundo con la crisis). ¿Por qué? Porque funciona igual que un virus, no nació con el fin de maximizar beneficios sino de aportar valor a la sociedad y por tanto es un concepto altamente contagioso y tiene el poder de transformar su entorno, cambiando al hombre y por tanto cambiando al mundo.

¿Qué es una empresa social? La inspiración se la debo a Muhammad Yunus (“Un mundo sin pobreza”), premio nobel de la paz y padre de los microcréditos. La empresa social es una empresa competitiva que genera beneficios sociales en lugar de maximizar beneficios económicos. Es propiedad de inversores que solo buscan recuperar su inversión (sin dividendos) al tiempo que logran objetivos sociales ayudando a los desfavorecidos o contribuyendo a la mejora del medio ambiente. Y sí, la empresa vende productos y/o servicios compitiendo con las empresas que buscan maximizar beneficios desde una posición de gran ventaja, ya que no le mueve la codicia.

Pero a diferencia de una ONG o fundación, la empresa social no es dependiente de donaciones o subvenciones, ni vuelve dependientes a aquellos que se benefician de sus productos y/o servicios.

¿Quién no querría contribuir a generar riqueza que llegue a las personas que la necesitan especialmente? ¿Quién no querría tener un impacto positivo en el mundo inmediato, que le rodea? ¿Quién no querría dejar un legado, una herencia digna a las próximas generaciones?

¡Es hora de contagiarse, pues “si el hombre está bien, el mundo está bien”!

HAZTE MERECEDOR, BUSCA LA GRANDEZA

Hace ya unos cuantos años, es curioso como cuando uno se va haciendo mayor el tiempo pasado se ve más cercano, fui a ver una gran película; una de esas que te dejan pensando. La película en cuestión comenzaba con un señor ya anciano ante la tumba de otro hombre, llorando y preguntándole a su mujer si había vivido una vida digna del sacrificio que habían hecho por él, si se había hecho merecedor de todo ese sacrificio. En la película “Salvar al Soldado Ryan” toda una compañía de soldados sacrifica su vida por traer vivo a casa, con su madre, al último hijo vivo de cuatro hermanos que habían ido al frente en Europa, durante la Segunda Guerra Mundial. El capitán, con su último aliento de vida, le dice a Ryan que se haga merecedor de todo ese sacrificio.

Así pues, la pregunta para todos nosotros hoy es ¿cómo podemos hacernos merecedores del sacrificio que otros habrán realizado por nosotros a lo largo de nuestra vida? ¿Cómo podemos medir esto? Continue reading